jueves, 4 de junio de 2009

"De chiquitita odiaba a Caperucita Roja. A mi mamá le encantaba, me lo leía una y otra vez. A mí lo único que me divertía era la parte donde el lobo se comía a Caperucita.
Caperucita Roja… ingenua estúpida. La mamá le decía “Caperucita, Caperucita, cuando cruzas el bosque, no te metas con extraños” ¿y que hace la mamerta? Va y se mete en la boca del lobo. Toda historia tiene una vuelta de tuerca.“¿Qué pasaría si Caperucita Roja en vez de roja fuera verde?”...Si Caperucita fuera verde no está madura, digo, tal vez el lobo no se la come. O si Caperucita fuera verde es light, y si es light el lobo no se la morfa. Nunca me gustó Caperucita Roja, nunca, como dije, ingenua y estúpida. Siempre con la cabeza adentro del lobo. Pero cada uno sabe donde está el lobo, nosotros sabemos quién es el lobo, y no vamos a ser tan estúpidos, no hay que caer simpre en la misma trampa una y otra vez. El lobo nos puede engañar, si, tal vez, ahora está bajo la piel de un corderito, pero tenemos que sacarnos el miedo, divertirnos, reírnos en la cara del lobo. Si hace falta tenemos que ridiculizar esa historia para volver a sentirnos vivos. Porque no siempre el lobo está en el bosque, a veces vive adentro nuestro, al acecho, esperando nuestro error para comernos los sueños, la vida misma. Crecer es atreverse a cruzar el bosque, sin saber con qué nos podemos encontrar en el camino, si con un final feliz en la historia, o terminar en la boca del lobo. Dejemos de pensar que una madre nos mandó solos y desarmados al bosque a enfrentarnos con un lobo desalmado. Tenemos que hacer algo porque nunca no estamos ni solos ni desarmados.

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